Chiquillas, a sus novios también les gusta el pico

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Chiquillas, a sus novios también les gusta el pico

MAHY PORTADA

Por Mahy (Extraído de www.hysteria.cl)

Me aburre tener que escuchar a tantos hombres heterosexuales que se asquean de manera horrenda sobre la decisión de algunos por acostarse con otros. Me aburre porque sé que tendré que acostarme con ellos cuando terminen su discurso, o cuando salgan de misa o cuando terminen con su novia.

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Están estos hombres que son machos, masculinos, protectores y estirados de tanta superioridad que creen tener por sobre sus parejas. Hombres que se juran machos alfas de las manadas de trogloditas con los que van a jugar baby fútbol después del certamen de Cálculo I, pero que se derriten si ven que sus penes pueden ser succionados por un amigo. Y es que el sexo nos domina y nos puede, incluso, transformar en todo eso que odiamos y violentamos día tras día.

Tenía este compañero en 8vo básico, Camilo, todo un hombre en cuerpo de niño. Era de estos que tenía el grupo de amigos matones jugadores de fútbol con botella en el recreo, pero para variar era el más porro de la clase. Flojo, desordenado, despistado y sus chistes eran tan crueles como sabroso era su cuerpo.

Todos los días tomábamos a las 13:15 el bus en el centro del pueblo para dirigirnos al represor colegio subvencionado. El viaje de 25 minutos era puro disfrute. Yo, a pesar de ser víctima de los chistes crueles de sus amigos, resultaba ser un gran amigo de Camilo. Hacíamos los trabajos juntos, nos reíamos durante el viaje, íbamos a nuestras casas, comíamos de todo y bebíamos todas las bebidas y jugos.

La sensación más rica era cuando debíamos irnos de pie en el bus y nuestros cuerpos se rozaban gracias a los bruscos movimientos y pésima calidad de los caminos de un país en vías de desarrollo. Nuestras manos se tocaban sin querer, nuestras piernas se juntaban en las rodillas y nuestros hombros viajaban tan juntos como separados por aquella casaca colegiala azul y burdeo.

En las horas de clases cambiaba bastante nuestra relación. No nos hablábamos, yo me quedaba solo y él corría donde sus amigos bajo la escalera para ver los calzones de las compañeras que, placenteramente, subían la escalera para mostrar sus calzoncitos con encaje europeo.

Luego de la jornada de estrés carcelario-educativo de seis horas, salíamos en libertad a tomar lo que sería un nuevo viaje apretados por axilas y traseros transpirados en casi media hora de viaje extremo. En una de estas tardes la profesora de Lenguaje y Comunicación nos impartió la milenaria tarea de realizar grupos de trabajo según mandaba el sagrado libro de clases y su estricto orden alfabético.

Nuestros apellidos no estaban juntos. No podríamos trabajar juntos. Pero nadie quería trabajar con él. Ni sus amigos. Todo gracias a su débil rendimiento académico. La profesora me sugirió a mí para hacer grupo con él, por la cercanía geográfica y porque yo podría ayudar a la realización de un trabajo más eficaz.

No me negué. No tenía amigos que quisieran salvarme de ésta y el grupo en el que me debió tocar ni se molestó en dejar ir al gordo feo que pudo rebalsar el asiento de alguna de sus casas tan limpias y aromáticas a jabón de la élite.

Camino a nuestras casas discutimos cómo articularíamos la tarea, decidimos que mi casa sería el lugar y mi computador el encargado de vernos trabajar en él. Camilo llevó un juego de unos gusanos que se mataban entre ellos con armas de las que Hitler se sentiría orgulloso de empezar un nuevo holocausto.

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Decidimos jugar toda la mañana, luego bajar a almorzar la comida que mi madre nos había preparado. Llegamos al colegio y rogamos por una prórroga, y nos la dieron. Nos volvimos a juntar y ésta vez volvimos a caer en ese juego. Pero esta vez bajo otras condiciones.

Tanto me calentaba tenerlo sentado en mi cama apretando con tantas fuerzas las teclas de mi computador Windows 98, que decidí lanzarme con todo y por todo. Le dije “¿qué sentirán las mujeres cuando chupan el pico?” y me dijo que no sabía, pero que debe ser rico que te chupen el pico.

Nada más que una erección comenzó a crecer dentro de los pantalones plomos. La osada pregunta que seguiría sería tan decisiva que hasta ahí podría quedar el trabajo, la amistad o lo más importante, el si tendríamos o no algo de contacto sin ropas que nos cubrieran.

“¿Te tinca apostar algo si yo mato a todos tus gusanos y tú a los míos?”. “¿Qué podríamos apostar?”, me preguntó con un tono tan dudoso que predeciría que toda apuesta es posible. Que yo podría chupar y así salir de la duda de cómo se sentirían las mujeres, si yo perdía. Que él debía chupar, si yo ganaba.

Lo que él no sabía era que yo era quién ganaba en todas las apuestas. Y qué él sólo era un juguete más de mis insaciables ánimos por un revoltón con ese cuerpo de futbolista velludo.

Dudoso, incrédulo, con temblores, pero con escondidos placeres que desatar, aceptó, y dimos rienda suelta a nuestros dedos en el teclado blanco. Me dejé perder y él empezó a preguntarme tantas cosas.

“¿En serio quieres?, ¿estás seguro?, pero… mira lo que tendrás que chupar…” antes de que él sacara lo que sería presa de deleite máximo, yo respondía asertivamente a cada pregunta. Respondía con tales ánimos de persona necesitada, como si me hubiesen tenido por siglos encerrado sin tener contacto con otro ser humano y exigía a través de “sí, sí, obvio, estoy seguro” que él, un chico de 14 años, me hiciera entrega de todo lo que pedía.

Cuando sacó su pene, nada erecto aún, lo menospreció y me miró con cara de “yo jamás lo haría”. Yo contenía mis ganas de saltar a él y le seguía respondiendo de la misma manera. Cada vez que hablaba, Camilo se acercaba un poco más.

Me sacó la polera, que no estaba en el trato, pero me encantó, y puso su pene en mi boca y con sus manos tomó mi cabeza y me movía como si fuéramos unos actores porno del cine internacional galardonados.

Se quitó la camisa y sus manos de mi cabeza y con ellas sostuvo la suya. Movía su pelvis como Elvis y me advertía “cuidado, que después sale algo blanco” y yo… claramente no me di tiempo de responder.

Acabó, terminó y nos besamos con semen en mi boca. Estoy seguro de que ambos disfrutamos de la misma manera. Nos miramos con una sonrisa dibujada en nuestros rostros y un “me tengo que ir”  salió de su sonrisa.

Se fue mientras mi mano recorría todo su culito. Me terminé de sacar la ropa y tomé una de las duchas más refrescantes que me haría estar listo para volverlo a ver en el bus.

Pero tomó otro bus, no me habló en el colegio, y no rozamos nuestros cuerpos apretados de regreso a casa. Me molestó que se comportara como estúpido, no le volví a hablar y entregué el trabajo sólo con mi nombre.

Después de unos días me buscaba conversación, quería volver a jugar a los gusanitos, pero yo ya no estaba para jugar a ser el ignorado luego del orgasmo. Y no logró que concretáramos la visita a la acogedora pieza que nos había visto florecer.

Ahora él está con una pareja de distinto sexo. Vive su heterosexualidad de pasado oscuro y atado a una heteronorma forzada. Si volviéramos a jugar volveríamos a faltar a la biblia, volveríamos a bajar nuestros pantalones y volveríamos a mirarnos con sonrisas dibujadas luego de estar tan juntos e insertados el uno en el otro.

No sólo es un Camilo. Todos y todas son Camilo. Estamos todos a la espera de ese pequeño indicio que nos aliente a tomar decisiones en vías de allanamiento corpóreo. Los hombres se excitan, se masturban y acaban viendo pornografía de otros hombres con otros hombres. Las mujeres han tenido inclinaciones por besar a esas amigas que las acompañan al baño, o a las chicas que sujetan su cabello mientras vomitan luego de la fiesta o que les lloran por la última ruptura con la ex pareja.

La debilidad de la heterosexualidad se demuestra día tras día en acciones como estas. La capacidad de experimentar dentro de las normas establecidas es tan poca, que implícitamente nos paramos y revolucionamos nuestros anos para probar todo aquello que se nos prohíbe y queremos curiosear.

La curiosidad mata al y a la heterosexual, por los siglos de los siglos, sexo.

El Patológico: Territorio libre de Trova

trova

Hysteria.cl

Por Tania González @Taniagonzalezch

hysteria

A ver, cómo decir esto de forma sencilla.

Quizás así: nos cargan los sitios para mujeres que suponen que sus lectoras son unas estúpidas descerebradas. Que se las dan de profundas/revolucionarias/rompedoras de esquemas pero que no son capaces de tener un punto de vista propio. Que creen que titulando con la palabra “rebelde” en el texto hay rebeldía.

Hysteria.cl es un sitio que nació de la necesidad de superar el carácter anecdótico que tienen tantos blogs “para mujeres” hoy en día. Creemos que podemos, aspiramos a, hablar de los temas que nos preocupan con una mirada particular. Que Hysteria.cl sea algo así como nuestro vibrador cultural, artístico, intelectual, y también de lo cotidiano.

Y sí, también creemos que hay una masa grande de estúpidas descerebradas. Esas lectoras no nos interesan. Esas colaboradoras tampoco.

Pretendemos acercar la belleza no en un sentido clásico y esclavizante, sino como un objetivo cuyo camino debe tender a lograr una develación espontánea de lo hermoso. Por lo tanto, consideramos de suma importancia los criterios estéticos al momento de escribir, e instamos a nuestras colaboradoras y colaboradores a disfrutar —y confiar en— su propia búsqueda de lo bello.

En este momento www.Hysteria.cl cuenta con una planta en gran parte compuesta por hijas parias de Edwards, y busca agrandar su masa de colaboradoras/es que sientan que los medios tradicionales no dan espacio para decir lo que realmente quieren decir.

¿Te tinca? Hombres y mujeres son bienvenidos a probar su mano, nos interesa mucho gente en regiones que no sean Santiago, queremos vivacidad, punto de vista, punto de vista. Buena ortografía y punto de vista.

 www.HYSTERIA.cl // hysteriapuntocl@gmail.com

5 tips para disimular la dureza de la cocaína

Por Daniel Campos @andakagate

Algunos de nosotros hemos departido con personas que gustan inhalar este blanquecino alcaloide y ver las reacciones frente al químico haciendo de las suyas en sus organismos puede pasar de lo gracioso a lo aterrador. Hay tantas formas de manifestar alterados estados de conciencia como huellas dactilares dentro del reino de los homínidos, y la cocaína es una de las más notorias, donde quien la consume puede realizar una serie de movimientos similares a los tics de nuestro querido presidente Sebastián Piñera. A continuación, algunos tips que pueden o no ser de utilidad para disimular algunos de los efectos de esta sustancia.

1.- Manitos inquietas: La perfecta solución para el tipo o tipa que no puede dejar de mover las manos, tamborileando con los dedos, haciendo el ritmo de la música de fondo -si es que está escuchando algo- sobre alguna superficie o simplemente moviéndolas con profusión, de aquí para allá, como si los dedos, manos y brazos fueran una forma de comunicación perdida en los confines de la civilización. Nada mejor para ellos y ellas que un Cubo de Rubik, donde además de mantener las manos a raya, hará funcionar su sinapsis con la celeridad de ir “a mil por hora, perro”.

2.- Gesticulador inconsciente: Lo hemos visto, es caricaturesco y a veces raya en la psicosis; ese que masca fierro, quien mantiene las mandíbulas batientes como si el bruxismo fuera lo más natural del mundo y la presión sobre las piezas dentales una religión a la que profesa devoción mística. El apretar las mandíbulas puede ir acompañado de un sexy movimiento de lengua, como el de las serpientes al oler o simplemente reconocer el estado ambiental. Debe ser que de tanto batir el músculo en diálogos de alto vuelo, una buena forma de hacerlo descansar es mostrándola a su/s interlocutor/es. Una manera de disimular estas acciones es un buen trozo de chicle, ojalá esos Jirafa bien largos y que después de unas cuantas mascadas se ponían DUROS, COMO TABLA.

3.- “¿Alergia, perrito?”: Pellizcándose la nariz for life, rascarla, hacer el ademán de sonarse con las manos o restregase repetitivas veces, gastando ridículas cantidades de papel higiénico en un acto tan poco efectivo como anti-ecológico. ¿Cuántos árboles dieron la vida para que ese rollo de confort limpie esa nariz de las infinitesimales partículas de cokein? Es casi como si quisiera arrrancarse la ñata de raíz y quedar como Michael Jackson en su gloriosa etapa de zombie. Acá no queda más que taponarla con esas esponjas que sirven para disminuir los ruidos molestos y que se insertan en el oído, adaptándose perfectamente en sus orificios nasales, dándole estilo y distinción en estas actividades recreativas.

4.- Conversador compulsivo: Verborreico, metralleta, hablando hasta por los codos de todo y nada. Muchas veces escupe mientras habla y en su vehemencia olvida que a sus interlocutores también les agradaría aportar algo a SU monólogo. Para estas personas nada mejor que un lorito parlanchín al hombro, al que puede enseñarle palabras y lo escuche atentamente mientras habla cualquier cosa y de tanto escucharlo, repetirá sus acertadas reflexiones en torno a la muerte de Cristo, la segunda venida de Pinochet, Nietzsche y su nazismo, entre otros controvertidos tópicos. Además impondrá estilo, casi como un corsario de otros tiempos, con la tierna ave picoteando los restos de coca de su labio superior, la que podrá adornar según la temporada y que servirá para mantenerlo activo en algunas exhaustivas jornadas.

5.- Taquicardia: Quizás una de las más nefastas consecuencias de jalar es el aceleramiento gradual de la cuchara, sobre todo para quien sufre problemas congénitos al corazón, ya que lo puede llevar en una acelerada carretera hacia el más allá. Quizás acá no queda más que practicar ejercicios de respiración, tal como si se hubiese mandado una maratón de kilómetros acompañado de cigarros, alcohol y cuanta otra cosa se haya mandado al pecho. Una de las soluciones sería ahorrar para un desfibrilador casero o portátil, dependiendo de dónde guste consumir y tomar un curso de primeros auxilios que lo mantendrá alejado de la pelá y con años por delante para seguir pegándose en la pera.

The “El Patológico” way of life

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